El oro y la guerra de Irán: por qué el metal precioso no reacciona como crees

El conflicto entre EE.UU., Israel e Irán tiene el Estrecho de Ormuz bloqueado y el petróleo por encima de los 100 dólares. Analizamos por qué el oro no sube como esperabas y hacia dónde va su precio en 2026.

J.C. Quiñones

3/16/20268 min read

EL ORO Y LA GUERRA DE IRÁN: POR QUÉ EL METAL PRECIOSO NO REACCIONA COMO CREES

Análisis de mercado · Marzo 2026 · inversionenoro.com

Hay una regla no escrita en los mercados financieros que todo inversor conoce, aunque no siempre entiende de verdad: cuando suenan los cañones, compra oro. Es un reflejo casi pavloviano. Estallan las bombas, y los dedos de medio mundo se mueven solos hacia el botón de "comprar XAU/USD". Pero lo que está pasando en Oriente Medio desde el 28 de febrero de 2026 —cuando Estados Unidos e Israel lanzaron la denominada Operación Furia Épica contra Irán— nos está enseñando que la realidad es, como siempre, bastante más complicada que cualquier refrán bursátil.

Vamos por partes. Porque esta historia merece que la contemos bien.

Lo que ha pasado: una guerra que nadie quería llamar guerra

El 28 de febrero de 2026, EE.UU. e Israel lanzaron una serie de bombardeos aéreos sobre varias ciudades de Irán mientras estaban en curso negociaciones diplomáticas. Sí, lo han leído bien: mientras se negociaba en Ginebra, Trump firmó la orden de bombardear. El resultado inmediato fue la muerte del líder supremo Ali Jamenei y el nombramiento de urgencia de su hijo Mojtaba como nuevo ayatolá.

En respuesta, Irán lanzó misiles y drones contra Israel y bases militares estadounidenses en Baréin, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes, Arabia Saudita, Jordania e Irak. Dieciséis días después del inicio del conflicto, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica empleó por primera vez el misil balístico de combustible sólido Sejil en un ataque dirigido contra Israel. Y el ejército israelí, lejos de dar señales de ralentizar, asegura que se prepara para "una guerra larga".

El estrecho de Ormuz ha estado prácticamente cerrado desde el comienzo de la guerra, lo que ha llevado a Trump a invocar la Ley de Producción de Defensa para asegurar el suministro energético interior. Piensen en lo que eso significa: el cuello de botella por el que pasa el 20% del petróleo mundial, cerrado. Un escenario que los analistas llevaban años poniendo en sus modelos como el peor caso posible. Pues aquí está.

El petróleo: el termómetro que todo el mundo mira

Antes de hablar del oro, hay que entender el petróleo. Porque están íntimamente conectados, aunque no siempre en la dirección que uno espera.

El precio del Brent, de referencia en Europa, subía más de un 2% este lunes y cotizaba por encima de los 105 dólares, situándose muy por encima de la cota de los 72 dólares que presentaba antes del conflicto. Un salto de casi el 46% en barril en menos de tres semanas. La gasolina en Estados Unidos alcanzó los 3,70 dólares por galón, lo que representa un aumento cercano al 24% desde el inicio de la guerra.

Goldman Sachs no andaba con rodeos en sus previsiones: si el Estrecho de Ormuz permanece cerrado durante un mes, los precios del gas en Europa podrían subir otro 130%. Europa, que ya llega a esta crisis con las reservas de gas en torno al 31% —notablemente por debajo del 40% del año anterior— se enfrenta a un escenario de vulnerabilidad energética severa.

Los precios del petróleo superaron nuevamente los 100 dólares por barril durante la noche, tres días después de alcanzar un máximo de cuatro años. Asia, que obtiene el 60% de su petróleo de Oriente Medio, ya ha empezado a racionar: Bangladesh cierra universidades para ahorrar energía, India desvía el gas licuado a los hogares por decreto de emergencia, y Corea del Sur impone límites de precios al combustible por primera vez en treinta años.

El oro: la historia que nadie te está contando

Aquí viene la parte que más me interesa, y la que más debería interesarle a quien tiene exposición al metal precioso.

El oro entró en 2026 en plena forma. El precio terminó 2025 en torno a los 4.000 dólares la onza, llegando a alcanzar los 5.500 dólares en enero de 2026. Un metal que en un año había subido más de un 60%, marcando más de 50 máximos históricos consecutivos.

Cuando estalló la guerra, la reacción inicial fue exactamente la que el manual predice. El oro al contado llegó a subir un 2,9%, superando los 5.400 dólares la onza, su nivel más alto desde la ola de ventas de finales de enero. Euforia de corto plazo, movimiento de libro.

Pero entonces ocurrió algo curioso. Una semana después del inicio de la guerra, el 28 de febrero, el oro cotizaba a 5.327 dólares, pero se ha estabilizado entre los 5.000 y los 5.200 dólares. Carsten Fritsch, analista de materias primas del Commerzbank, lo dice sin ambages: el precio del oro no se ha beneficiado de la incertidumbre provocada por la guerra con Irán; al contrario, cotiza incluso por debajo de los niveles previos al inicio de la guerra.

¿Cómo es posible? ¿Una guerra en el corazón de la mayor región productora de petróleo del mundo y el oro baja?

Las dos fuerzas que están aplastando al oro (por ahora)

La respuesta, cuando se entiende, es elegante en su lógica perversa. Son dos mecanismos que se refuerzan mutuamente:

Primero, el dólar. Cuando hay pánico geopolítico, el mundo huye hacia la liquidez. Y la liquidez, le guste o no a Trump, sigue siendo el dólar. Un dólar más fuerte encarece el oro para los compradores en euros, yenes o rupias, lo que reduce la demanda global y presiona el precio a la baja. Es una de las grandes paradojas del sistema monetario actual: en una crisis que en buena medida protagoniza EE.UU., su moneda sale reforzada a corto plazo.

Segundo, y esto es crucial: el fantasma de la inflación aplasta las expectativas de recortes de tipos. Con el petróleo crudo superando los 100 dólares por barril, los participantes del mercado han descartado en gran medida la posibilidad de recortes de tasas en 2026. Y aquí está el problema para el oro: el metal precioso no genera intereses. Compite con los bonos del Tesoro americano, que sí los generan. Si la Fed no va a bajar tipos —porque tiene la inflación energética disparada—, los bonos siguen siendo atractivos y el capital no fluye hacia el oro con la intensidad que uno esperaría.

Es la paradoja perfecta: la guerra encarece el petróleo, el petróleo dispara la inflación, la inflación impide que la Fed baje tipos, y tipos altos lastran al oro. La crisis que debería catapultar el metal lo tiene atrapado en una trampa macroeconómica.

¿Entonces el oro ha perdido su papel de refugio?

Ni mucho menos. Lo que está ocurriendo es más matizado que eso.

El oro ha subido más de un 20% en lo que va de 2026 y ha elevado su precio por encima de los 5.200 dólares tras un alza superior al 20% en el año. El debate ya no es si el oro sirve como refugio; es si, después de un rally histórico, tiene capacidad de sorprender al alza en el corto plazo o si el mercado ya tenía descontado demasiado.

Lo que sí está cambiando, y esto es lo realmente importante para el inversor de largo plazo, es la naturaleza de la demanda. Como explica Patrice Mesnier, de Oldenburg Capital Partners: la demanda minorista de oro físico se había ido acumulando durante meses, mucho antes de la reciente escalada política. Los inversores entienden cada vez mejor que la escasez de oro es fija, mientras que la oferta de dinero fiduciario es volátil y reactiva, y este cambio de conciencia no desaparece tan pronto como los titulares se calman.

Las encuestas recogidas por Bernstein muestran que el 95% de los bancos centrales espera un aumento de las reservas mundiales de oro en el próximo año y que el 73% anticipa una reducción de la proporción de reservas en dólares en cinco años. Eso no es especulación táctica. Eso es un cambio estructural en la arquitectura financiera mundial.

Las proyecciones: dónde va el oro si la guerra se prolonga

Los grandes bancos de inversión no se andan con timideces. Las previsiones para finales de 2026 de analistas de instituciones como JP Morgan, Wells Fargo, UBS, CIBC, Deutsche Bank y Société Générale apuntan incluso a niveles superiores a los 6.000 dólares.

Bernstein va más lejos. La firma proyecta un precio de 4.800 dólares por onza como escenario base en 2026 y 6.100 en 2030, una revisión que descansa en la combinación de compras oficiales, flujos de ETF y tasas reales más bajas.

Desde el punto de vista técnico, la estructura de largo plazo sigue siendo alcista. Los precios se sostienen sobre las medias móviles de 50, 100 y 200 periodos, lo que sigue siendo un símbolo de fortaleza del activo. Una nueva ruptura de la zona de 5.418 dólares podría activar extensiones hacia los 5.800 dólares.

La pregunta que importa: ¿compro ahora?

Esta es la pregunta que todo el mundo hace y que nadie con honestidad puede responder de forma binaria. Pero sí puedo ofrecer el marco correcto para pensarla.

El oro no está fallando. El oro está comportándose exactamente como debe en un entorno donde el petróleo caro alimenta inflación, la inflación mantiene tipos altos, y los tipos altos frenan el impulso alcista de corto plazo. Es la trampa del "refugio perfecto en el peor momento de entrada posible".

La gran pregunta es cuánto durará el conflicto. El secretario de Energía de Estados Unidos afirmó que espera que la guerra termine "en las próximas semanas", con una recuperación de los suministros de petróleo y una disminución posterior de los costos de la energía. Si eso ocurre, la inflación energética se modera, la Fed recupera margen para bajar tipos, y el oro —con toda su estructura alcista intacta— tendría el viento de cola que necesita para atacar los 6.000 dólares.

Si la guerra se prolonga y el Estrecho de Ormuz permanece bloqueado durante meses, el escenario es de estanflación global: economía frenando, inflación disparada. En ese entorno, el oro tampoco lo tiene fácil a corto plazo, pero es el mejor activo disponible en una carta de baraja muy mala.

Conclusión: el oro sigue siendo el adulto en la sala

Cuando los gobiernos gastan fortunas en guerras, cuando los bancos centrales imprimen dinero para financiar déficits desbocados —la primera semana de guerra costó a EE.UU. 11.300 millones de dólares—, cuando el orden mundial se fragmenta y el dólar empieza a ser cuestionado como moneda de reserva global... el oro no necesita ser el activo más rentable del mes. Necesita ser el activo que no pierde su valor cuando todo lo demás lo hace.

Los cañones llevan quince días sonando sobre Irán. Quienes ya tenían oro en cartera antes del 28 de febrero están protegidos. Quienes no lo tenían están mirando el precio y preguntándose si es tarde. La historia —y los datos— sugieren que no lo es. Pero el timing importa, y en este momento, la paciencia vale tanto como la convicción.

El oro no ha fallado. El mercado está procesando una crisis de una complejidad excepcional. Y cuando el polvo se asiente —como siempre ha ocurrido— el metal seguirá ahí, brillando con la misma terquedad milenaria.